El concepto de líder siempre está evolucionando. Hoy en día hay muchas teorías sobre cuáles son las mejores formas de liderar o sobre las cualidades que tiene que tener alguien a quien se le otorga éste rol, pero no se trata de una de las tareas de nuestra sociedad moderna, sino que lleva estudiándose desde principios de siglo.

Los años treinta fueron una época de cambio en Estados Unidos. La psicología y los experimentos sociales sufrieron un auge en el que tuvieron lugar algunos de los estudios más importantes del sector. En este marco cultural la idea de liderazgo empezó a retumbar como un posible foco de estudios, sobretodo en la cabeza del profesor Kurt Lewin, un exiliado Alemán que trabajó en la Universidad de Berlín y que al llegar a Estados Unidos empezó a dar clases a las Universidades de Iowa y Cornell. En sus estudios centraba la atención en las dinámicas de grupo e ideó una serie de experimentos relacionados con los tipos de liderazgo que más adelante en 1939, Lippitt y White llevaron a la práctica.

El experimento quería estudiar los comportamientos de grupos de niños bajo diferentes tipos de liderazgo por parte de sus profesores. Para ello, se organizaron tres equipos.

En uno de ellos el profesor ejecutaba un tipo de liderazgo autoritario.

No había posibilidad de réplicas, consejos, sugerencias o diálogo entre profesor y alumno. Las normas eran estrictas e irrompibles, había castigos para aquellos que no cumplieran con el objetivo que les había marcado el profesor.

El segundo grupo estaba liderado por un docente casi inexistente.

Los alumnos tenían libertad absoluta para hacer (o no hacer) las tareas que se les encomendaban. Podían decidir las normas a acatar y cómo organizar sus responsabilidades.

El último grupo tenía un líder democrático que tomaba decisiones siempre teniendo en cuenta los alumnos.

Les dejaba participar y, marcando las pautas y las tareas, daba cierta libertad para que todos pudieran dar su opinión y ayudaran a forjar el equipo.

Os dejamos un vídeo donde podéis ver imágenes del experimento que a día de hoy, es uno de los más emblemáticos de la sociología:

Los resultados que obtuvieron pueden parecer obvios a día de hoy, pero la verdad es que marcaron un antes y un después en la forma de entender el liderazgo:

Los niños del primer grupo cumplieron con las obligaciones que les había mandado el profesor.

Todas las tareas fueron realizadas con éxito pero la competitividad entre ellos les llevaba a criticar el trabajo de los demás para ensalzar el suyo. Además, cuando el profesor se ausentaba los niños se volvían violentos entre ellos. Un lastre que arrastraban hasta sus casas después del colegio.

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El segundo grupo, a diferencia del primero, no logró terminar ninguna de las tareas.

Los niños menospreciaban la presencia del profesor y se limitaban a pasar el rato como les apeteciera haciendo caso omiso de la única autoridad que había en la clase. El comportamiento era anárquico e incontrolable.

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El último grupo consiguió realizar todas las tareas con éxito, igual que el primero.

La diferencia, pero, es que se percibió un cambio significativo entre las relaciones de los alumnos, que cooperaban con los demás en sus obligaciones. Al ausentarse el profesor de la clase, muchos de ellos continuaban con su trabajo y no se percibía ningún tipo de competitividad o violencia entre ellos. Además, se forjaron vínculos de compañerismo entre los niños que fomentaban la cooperación.

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La conclusión de estos estudios marcó un hito en la comprensión del liderazgo. A raíz de los resultados obtenidos muchas empresas de Estados Unidos y más delante de todo el mundo, adaptaron el liderazgo democrático cómo su forma habitual de control de grupos.

En este sentido, y a diferencia de una de las concepciones sobre el liderazgo que están más de moda hoy en día, Lewin determinó que el papel del líder no debe ser personalista. Es decir, que el énfasis no tiene que ponerse sobre figura del líder ni en sus rasgos personales que lo hacen hábil para guiar a otros. El líder no tiene que ser un ingrediente que hay que añadir a un grupo, sino que lo importante del liderazgo son las características de la función y no de la persona. Se trata de entender el liderazgo como algo que forma parte del grupo y que éste tiene que aceptar como suyo.

A día de hoy, parece que la figura del líder se está convirtiendo en algo mediático. Ahora se requieren líderes carismáticos que tengan significado por ellos mismos. Tal vez, del mismo modo que el resultado del experimento de Lewin sirvió para marcar un antes y un después en la organización de equipos, habría que recuperar la idea que el liderazgo es una función de un grupo; un equipo compuesto a partes iguales por todos aquellos que lo forman.

 

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